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    50 películas que hay que ver antes de morir: "Malas tierras" (1973), camino de rebeldía

    Sábado, 25 de Julio de 2009

    Foto detalle película

    Querido Teo:

    La década de los setenta fue peleona y contestataria para la mayoría de las que hoy son vacas sagradas de Hollywood porque hicieron en esos años sus mejores aportaciones artísticas al cine. Elevaron la capacidad de provocación del medio, lo llevaron más allá del entretenimiento, provocaron inquietud y sorpresa. La pareja sangrienta interpretada por Sissy Spacek y Martin Sheen en “Malas tierras”, dos grandes actores que se quedaron a medio camino del hiper-estrellato aunque Sissy tuviese el reconocimiento de la Academia en los ochenta, tiene un encanto naíf que los espectadores nunca habían visto aplicado aadolescentes que matan a la gente que encuentran en su camino, por muy inadaptados que fueran.

    “Al final de la escapada” de Godard, admirado ya hacía años por los cinéfilos americanos, mostraba un camino muy atractivo para el cine, al coincidir con un sentimiento “contracultural” que simpatizaba con todo desafío al orden conservador, al Estado. Por lo tanto el cine no tenía porqué juzgar a sus protagonistas, podía ser amoral, permitirse bromas visuales o incluso convertir en elegía lo que unos años atrás hubiera sido una herejía: comprensión para los culpables y su eliminación con mucho estilo.

    Martin Sheen junto a Terrence Malick en una de las pocas imágenes que se tienen del director"Bonnie & Clyde" y "Grupo salvaje" pocos años atrás ya le habían extraído poesía cinematográfica a la violencia y Terrence Malick daría un paso más tratando a una pareja de adolescentes asesinos como a dos novios condenados por las circunstancias, y en fuga por las badlands del estado de Montana. Malick recreó la historia real de Charles Starkweather y Caril-Ann Fugate en 1958, cuando tras el asesinato del padre de ella, fueron dejando un reguero de sangre en su huida.

    Sissy Spacek, con su frecuente voz en off, es capaz de convertir en poesía hasta el comportamiento más violento e incomprensible de Martin Sheen, el chico del pueblo que se parece a James Dean, y que la encanta por hacerla sentir protagonista por primera vez, en vez de solitaria y sobreprotegida. La mirada ingenua y limpia de Sissy, fueron un descubrimiento para los aficionados.

    Terrence Malick se convirtió en cambio en un enigma por su alejamiento radical de los medios de comunicación y su ausencia obsesiva de los acontecimientos que suelen reunir a la gente del cine, descontando por supuesto cualquier promoción de sus cinco películas en casi cuarenta años. Parejas con itinerario sangriento no faltan: Desde “Sólo se vive una vez” a “La huida”, “Thelma y Louise”, hasta “Asesinos natos”, pero la ópera prima de Malick continúa siendo la odisea de violencia seca y gratuita más inquietante del cine. Filmó escenas de “Malas tierras” en localizaciones que descubría sobre la marcha, confiando en su intuición, a costa de tener que cambiar luego el guión. Con “La delgada línea roja” iría más allá, eliminando como protagonista a Adrien Brody, en la sala de montaje y en el último momento, para dejarla en una historia coral. Malick combina este sentido de la improvisación con una meticulosidad que comparan con la de Stanley Kubrick, en busca del ambiente exacto.

    "Malas tierras", una road movie que suponía aires de libertad para la juventud de los 70El proyecto apenas tenía el presupuesto justo y acabó por obsesionarse con la película. Al final, ya sin dinero, continuó filmando escenas sueltas con la ayuda de un par de lugareños. En la escena en que, según el guión, la pareja prende fuego a la casa de los padres de la chica, “Malas tierras” estuvo a punto de irse a pique por esas estrecheces económicas. El encargado desparramó el pegamento altamente inflamable por todo el estudio, que tal vez no estuviera adecuadamente ventilado, lo cual provocó acumulación de gases. Un ayudante encendió la cerilla demasiado pronto, y desencadenó un infierno. El chico del pegamento pudo atravesar corriendo las llamas, buscando la salida a ciegas, pero sin poder evitar las quemaduras y con los bomberos del pueblo petrificados ante el incendio. Contratar un avión con médico y enfermera para que llevaran al muchacho a un centro de quemados del sur de California costó unos tres mil dólares y el jefe de Producción cuenta que Jill Jakes, la mujer de Malick, se negó a firmar un cheque, y que pagó el avión de su propio bolsillo. Jakes dijo en una entrevista posterior que no recordaba este hecho con claridad, pero afirmando : «Yo nunca habría dicho: “No, ese hombre no irá en avión al hospital.”».

    Cuando la terminó, había gastado casi un millón de dólares y se vendió por 1.100.000 dólares, con lo que apenas se consiguió cubrir el presupuesto. El festival de San Sebastián la premió poco después con su concha de oro y comenzó su ascensión por la vía del prestigio con la que Europa avalaba buena parte del cine independiente americano.